La ficha RCA roja toma vida en esa
marea alta de tetas, videotapes rotos, torsos, premios y órganos sexuales
fatigados en su desnudez. La figura de Macedonio logra imponerse.
Todavía somnoliento, observa la escena. Avanza como si remara por un
mar agitado de respiraciones y ronquidos. Se hace de una botella
champagne. Mira con recelo su living. Finalmente se introduce en el
laberinto de ambientes y pasillos que forman su mansión.
A través de una rendija se entera que,
del otro lado, existe una noche profunda. Llega a una puerta de
hierro en la que solo podían caber botellas acostadas o alguien de
su tamaño. Baja las escaleras con el rigor de la resaca. El ambiente adopta un
silencio sepulcral. Luces tenues dotan cada arcada de la cava de una iluminación
teatral. Macedonio atraviesa cientos de botellas que juntan polvo
y prestigio. Se acuerda del champagne en su mano. Le da un sorbo final, y lo
lanza a rodar. La botella choca contra las rejas. Detrás de ellas, Agosto
apenas tiene fuerzas para girar. Sin poder hablar, observa a Macedonio recoger
un puñado de alimento para gatos.
-Me olvidé el agua –dice Macedonio
mientras le lanza el alimento como si regara de maíz un gallinero.
Contempla a Agosto comer ausente
de orgullo. Pero su perversión ya no le provoca ni un esbozo de
sonrisa.
-El martes estreno en Cannes -dice-. De
ahí viajo a Birmania. El “borracho patético” tiene que ver locaciones -le informa
mientras lanza, generoso, otro puñado.